Olvidé el sombrero, ¿O nunca lo he usado? Tal vez recuerdo
algo que no puedo articular con palabras, algo que mi piel simula en sus
efectos tornasoles.
Soy de nombre duro, de esos que los padres le ponen a sus
hijos como sinónimo de fuerza, pero que al fin representan la lucha de todos
los hombres como yo, con remordimientos, que luego somos rete chillones, pero
que nomas hacemos que se nos hinchen las venas oculares para después tragarnos
las lagrimas, así, sin siquiera ponerles azúcar.
Saben saladas, como el beso de mar con la arena; la garganta
se pone tiesa y un ligero dolor se clava como pequeñas puntillas de maguey. Ese
dolor es el alma gritando, repelando, renegando lo que la prudencia calla ¿o más
bien será resignación?
Esa palabra es la que más duele, es un ácido que lo
devora a uno sin darnos cuenta. Vamos acostumbrándonos
a esos piquetes de espina, hasta que se vuelven parte de nosotros, como una línea
interminable de muerte.
En mis ojos habita una vorágine que se resiste a perecer, los
vértices de mis pestañas dejan ver el brillo que vive en mí, como un coyote
andante, sediento, salvaje y libre.
Soy un nahual, un perro nahual que es lacerado por las
flechas de la realidad, que en verdad son solo un humo inclemente, guardián de los tiempos.
Por eso ella me mira así,
Por eso el tiempo nos detiene
O nos libera suavemente
Protegido por la bruma.
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Foto: Tonatiuh Castelán |